lunes, 9 de diciembre de 2019

     
      Pueblo

     Sierras
     Campo
     Trigo
     Casas

     Nieve
     Calles
     Aves
     Llueve

     Zarza
     Plaza
     Árbol

     Rosas
     Risas
     Pueblo
¿Estoy equivocada? 

Te pregunto, porque tú,
tú, sí lo sabes.
Te vi viajar con las nubes,
te reconocí en el brillo 
de las hojas
 de un árbol del parque.
Te oí cuando caía la lluvia
y yo estaba adormilada.
Te sentí cuando cogiste mi mano
pidiendo que te acompañara.
Percibí tu perfume 
al pasar por la puerta del patio.
En la fuentecilla vi tu resplandor.

Tu presencia es una incognita 
que cada día desvelo.
Conocerte ha sido,
un gran acierto.
Te busco en cada detalle 
 y... te encuentro en lo más insospechado.

viernes, 6 de diciembre de 2019


Un año, una hora
Aquí, yo soy el maestre del proyecto de obra de la pirámide Kefrén en la llanura de Giza en el año 2019 a. C.  Estoy esperando que me traigan chicos jóvenes, fuertes, bien alimentados, bien vestidos, orgullosos, descarados, rebeldes, soberbios, altivos, vanidosos y nada humildes. Mi nombre es Anxet.

Hace unas dos semanas, andaba con mi taxi por Cercedilla, cuando recibí una llamada para llevar a unos chiquillos de unos trece, catorce años a su localidad (Fuenlabrada), porque en la salida al albergue de Villa Castora se estaban portando realmente mal. Era invierno y había mucha niebla. Mi nombre es Lavinia.

-Aroa, no trabajas todo lo que deberías para ser una esclava. Estás demasiado cansada, te lamentas constantemente. Sabes que tienes que levantarte pronto para ayudar con los papiros, la casa, los niños, la cocina y el jardín- le comenta Aimara un poco harta,  pues ya lleva en casa dos años trabajando y continúa  remolona y protestando-. Mi yerno Anxet te trajo a esta casa, pero no has cambiado todo lo que deberías. Medio año más te vendrá bien.-sentenció Aimara.

Cuando llegué al albergue vi a dos profesores con tres chiquillos con ojos espabilados, altaneros, descarados, altivos y despechados. Me comentaron cuál debía ser mi misión: llevarlos de regreso a su centro de estudios en Fuenlabrada. Les comenté que tenía espacio para alguien más. Agradecidos me encomendaron a Aroa y mi guiñaron un ojo. Yo pude intuir que ahora podrían disfrutar del albergue. Aroa se sentó delante. Los chicos se acomodaron detrás. Les pregunté sus nombres. Así supe que se llamaban Víctor, Óscar y Adrián.


-Llevamos aquí dos años. Quiero irme a mi casa- dice Óscar cansado de tanto trabajo, sudando, sin apenas comida, sin ropa, sin horas de descanso; a latigazos siempre que hacía el intento de recostarse.                                                  -No hemos parado de arrastrar piedras durante todo este tiempo- comenta Víctor.                                                                                                                                  –Es lo que hay, tendréis que acabar esa parte de la pirámide y ya veré que actitud tenéis. Necesitamos medio año más como mínimo- sentenció Anxet.                                                                                                                                                           Faltaba el comentario de Adrián, de momento estaba en silencio. Los tres tenían las manos agrietadas, con callos, los ojos caídos como el sol a media tarde; la espalda doblada como el junco a las orillas del Nilo y sudaban sin parar. Ahora estaban delgados, mal vestidos y mal alimentados.

Enseguida empezaron a comentar sus travesuras y a reírse. Yo me acercaba despacio al túnel de la sierra de Guadarrama y en medio del túnel me desvié por una puerta que hay a la derecha. Ellos seguían con risas y comentarios. Cuando salimos, nos encontramos en el valle de Giza en Egipto en el año 2019 a. C. Allí había un hombre con un látigo a quien entregué los tres chicos y le pregunté qué podríamos hacer con Aroa. Anxet me contestó que la familia de sus suegros necesitaba ayuda.  Inmediatamente el capataz les propinó un latigazo y los chicos aullaron.

-Me arrepiento- comentó Adrián una vez más. - Llevamos aquí dos años y medio-.                                                                                                                                                      –No me dais ninguna pena- comentó Anxet y llamó a Aroa. Su aspecto era pésimo; no había parado de atender a la familia numerosa de sus suegros, estaba triste, mal vestida y mal alimentada.                                                                                      –Me sumo a la plegaria de mis compañeros- dijo Aroa un tanto deprimida.                              –Tú y tus compañeros tenéis ganas de volver mas en África están deseando que vayan chicos incautos a buscar diamantes durante quince años. No lo olvidéis. Hubo un gran silencio.                                                                                                                           Anxet llamó a Lavinia. Ella les llevaría de regreso en su taxi a su destino. Cuando montaron estaban cansados, callados, tristes y creo que arrepentidos.                                                                                                                                          –Bueno, quizá volvamos a vernos otro día- dijo Lavinia con una sonrisa pícara.  Los chicos no contestaron. Lavinia llegó al instituto justo a la hora del recreo. Habían pasado dos horas y media desde que salió de Cercedilla y la neblina había desaparecido.

El gato negro
Me sentía flotar, igual que flota una nube. Tenía la sensación de no pesar nada, deseaba salir volando, como un pájaro;  y, a pesar de ello, algo me atraía, algo poderoso mantenía enfocada mi atención. Tenía actitud curiosa, entretenida en ver qué hacía una persona a la que no veía la cara. Me fijé en el cuerpo que estaba tratando de reanimar y… algo hizo que me quedara inmóvil, quieta. ¡Ese cuerpo!, ¿Quién es?, ¿A quién se parece?, ¿Qué hace ahí? Me grité a mí misma en una voz silenciosa y alocada. Luché por acercarme y…. (Dejé de vagar).
-Creo que ha abierto los ojos- dijo Federico-. He oído un pequeño resuello. Ánimo, tienes que seguir ahí.
Poco a poco mi mente empezó a recordar… Estaba con mi taxi por las calles de Madrid, cuando vi que un joven solicitaba mi servicio. Me acerqué, paré, subió al vehículo y se acomodó en el asiento de atrás. Me pidió que le llevara a Guadalajara para ver la representación de “La zapatera Prodigiosa.” Yo me quedé sorprendida y le comenté que esa obra pertenecía a Federico García Lorca. Él me aseguró era su obra y que quería ver cómo la representaban y qué pensaba el público.
Recuerdo una curva y un gato negro cruzando la carretera. Traté de esquivarle, el coche se desvió y…
De pronto,  empecé a oír la sirena de la ambulancia.