Un año, una hora
Aquí, yo soy el maestre del proyecto de obra de la
pirámide Kefrén en la llanura de Giza en el año 2019 a. C. Estoy esperando que me traigan chicos
jóvenes, fuertes, bien alimentados, bien vestidos, orgullosos, descarados,
rebeldes, soberbios, altivos, vanidosos y nada humildes. Mi nombre es Anxet.
Hace unas dos semanas, andaba con mi taxi por Cercedilla, cuando recibí
una llamada para llevar a unos chiquillos de unos trece, catorce años a su
localidad (Fuenlabrada), porque en la salida al albergue de Villa Castora se
estaban portando realmente mal. Era invierno y había mucha niebla. Mi nombre es
Lavinia.
-Aroa, no trabajas todo lo que deberías para ser una
esclava. Estás demasiado cansada, te lamentas constantemente. Sabes que tienes
que levantarte pronto para ayudar con los papiros, la casa, los niños, la
cocina y el jardín- le comenta Aimara un poco harta, pues ya lleva en casa dos años trabajando y
continúa remolona y protestando-. Mi
yerno Anxet te trajo a esta casa, pero no has cambiado todo lo que deberías.
Medio año más te vendrá bien.-sentenció Aimara.
Cuando llegué al albergue vi a dos profesores con tres chiquillos con
ojos espabilados, altaneros, descarados, altivos y despechados. Me comentaron
cuál debía ser mi misión: llevarlos de regreso a su centro de estudios en
Fuenlabrada. Les comenté que tenía espacio para alguien más. Agradecidos me
encomendaron a Aroa y mi guiñaron un ojo. Yo pude intuir que ahora podrían
disfrutar del albergue. Aroa se sentó delante. Los chicos se acomodaron detrás.
Les pregunté sus nombres. Así supe que se llamaban Víctor, Óscar y Adrián.
-Llevamos aquí dos años. Quiero irme a mi casa- dice
Óscar cansado de tanto trabajo, sudando, sin apenas comida, sin ropa, sin horas
de descanso; a latigazos siempre que hacía el intento de recostarse.
-No hemos parado de arrastrar piedras durante todo este tiempo- comenta
Víctor.
–Es
lo que hay, tendréis que acabar esa parte de la pirámide y ya veré que actitud
tenéis. Necesitamos medio año más como mínimo- sentenció Anxet.
Faltaba
el comentario de Adrián, de momento estaba en silencio. Los tres tenían las
manos agrietadas, con callos, los ojos caídos como el sol a media tarde; la
espalda doblada como el junco a las orillas del Nilo y sudaban sin parar. Ahora
estaban delgados, mal vestidos y mal alimentados.
Enseguida empezaron a comentar sus travesuras y a reírse. Yo me acercaba
despacio al túnel de la sierra de Guadarrama y en medio del túnel me desvié por
una puerta que hay a la derecha. Ellos seguían con risas y comentarios. Cuando
salimos, nos encontramos en el valle de Giza en Egipto en el año 2019 a. C.
Allí había un hombre con un látigo a quien entregué los tres chicos y le
pregunté qué podríamos hacer con Aroa. Anxet me contestó que la familia de sus
suegros necesitaba ayuda. Inmediatamente
el capataz les propinó un latigazo y los chicos aullaron.
-Me arrepiento- comentó Adrián una vez más. - Llevamos aquí dos años y
medio-.
–No me dais ninguna pena- comentó Anxet y llamó a Aroa. Su aspecto era
pésimo; no había parado de atender a la familia numerosa de sus suegros, estaba
triste, mal vestida y mal alimentada.
–Me sumo a la plegaria de mis compañeros- dijo Aroa un tanto
deprimida. –Tú y tus compañeros
tenéis ganas de volver mas en África están deseando que vayan chicos incautos a
buscar diamantes durante quince años. No lo olvidéis. Hubo un gran silencio.
Anxet
llamó a Lavinia. Ella les llevaría de regreso en su taxi a su destino. Cuando
montaron estaban cansados, callados, tristes y creo que arrepentidos. –Bueno,
quizá volvamos a vernos otro día- dijo Lavinia con una sonrisa pícara. Los chicos no contestaron. Lavinia llegó al
instituto justo a la hora del recreo. Habían pasado dos horas y media desde que
salió de Cercedilla y la neblina había desaparecido.
El
gato negro
Me sentía flotar, igual que flota una nube. Tenía la sensación de no
pesar nada, deseaba salir volando, como un pájaro; y, a pesar de ello, algo me atraía, algo
poderoso mantenía enfocada mi atención. Tenía actitud curiosa, entretenida en
ver qué hacía una persona a la que no veía la cara. Me fijé en el cuerpo que
estaba tratando de reanimar y… algo hizo que me quedara inmóvil, quieta. ¡Ese
cuerpo!, ¿Quién es?, ¿A quién se parece?, ¿Qué hace ahí? Me grité a mí misma en
una voz silenciosa y alocada. Luché por acercarme y…. (Dejé de vagar).
-Creo que ha abierto los ojos- dijo Federico-. He oído un pequeño
resuello. Ánimo, tienes que seguir ahí.
Poco a poco mi mente empezó a recordar… Estaba con mi taxi por las
calles de Madrid, cuando vi que un joven solicitaba mi servicio. Me acerqué,
paré, subió al vehículo y se acomodó en el asiento de atrás. Me pidió que le
llevara a Guadalajara para ver la representación de “La zapatera Prodigiosa.” Yo
me quedé sorprendida y le comenté que esa obra pertenecía a Federico García
Lorca. Él me aseguró era su obra y que quería ver cómo la representaban y qué
pensaba el público.
Recuerdo una curva y un gato negro cruzando la carretera. Traté de
esquivarle, el coche se desvió y…
De pronto, empecé a oír la sirena
de la ambulancia.