jueves, 6 de febrero de 2020

La vaca
Yo estaba allí, durante aquel tiempo vivía con esa familia: un padre y sus cuatros hijos; también la madre. Yo soy uno de esos hijos. Mi nombre es Amapola. A veces, al padre le daban ataques de ira. Pero siempre trabajaba de sol a sol y era buena persona. Quería a sus hijos y a su mujer, pero no sabía demostrarlo. En uno de esos ataques de ira, maltrataba a su ganado. Había una vaca, en especial, a la que siempre maltrataba, porque se cagaba cuando entraba al establo para ser ordeñada. A él no le gustaba que esto pasase. Cuando la vaca le veía, se descomponía y más palos recibía. Él tenía fijación con ella. Era una vaca buena, preciosa, blanca y negra, bien plantada y cariñosa.
Yo sufría mucho, pero me veía impotente ante esa situación, igual les pasaba a mis hermanos y a mi madre. Ahora sé que esa vaca, en aquellos momentos dejaba de ser vaca y se convertía en Dios. La vaca tuvo una cría que al nacer, murió.
Con el paso del tiempo, el padre se hizo mayor, y los hijos crecieron, crecimos. Un día al hijo mayor le entró un ataque de ira contra el padre que era octogenario y le echó en cara su comportamiento y también el trato que había dado al animal. Esto me lo contó mi madre por teléfono, indignada por el trato que el hijo le había dado al padre.
El padre ahora sufre el ataque de ira del hijo que no volvió a dirigirlo la palabra. Cuando llegó su cumpleaños, no le felicitó, cuando coincidieron en el bar, no le habló. El pobre anciano llora sin consuelo. Ahora sé que también se ha convertido en Dios.  6/2/20

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